Hoy, viernes 13 de febrero, se celebra el Día Mundial de la Radio, y no puedo evitar mirarla desde dentro. Tengo la suerte de hacer radio desde hace muchos años y todavía me sigue pareciendo un pequeño milagro: colarme en la vida de alguien sin hacer ruido, estar presente mientras cocina, conduce, trabaja o intenta dormirse.
No entra por los ojos, entra por el oído y se queda más adentro. Una voz que acompaña, que no invade, que no exige atención absoluta, pero que está.
Han intentado matarla muchas veces. Primero fue la televisión, luego internet, después las redes sociales y las plataformas digitales. Siempre hubo quien anunció su final. Y, sin embargo, la radio sigue aquí. Quizá porque no compite, acompaña. Quizá porque no necesita espectáculo, solo verdad.
Día Mundial de la Radio
La radio es imaginación pura. No se ve, se siente. Cada oyente pone las caras, los paisajes, las emociones. La radio confía en quien escucha, le deja espacio. Y eso, en estos tiempos, es casi un acto de valentía.
En lugares como Granada, además, la radio tiene alma y acento propio. Huele a calle, a mar, a conversación compartida. Es servicio público, pero también compañía cotidiana.
La radio ha cambiado de forma, pero no de esencia. Vive en el móvil, en el coche o en un transistor antiguo. Está más viva que nunca,porque mientras haya alguien al otro lado escuchando, siempre habrá una voz dispuesta a llegar a tiempo.


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